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1962. NUESTRA PRIMERA HOGUERA

1962. NUESTRA PRIMERA HOGUERA

Si en tantas ocasiones hemos hecho alusión a que la iniciación en el rito de la piromanía sanjuanera tuvo lugar en aquella simpática y entrañable hoguera que la chiquillería de Rubine y Avda. de Buenos Aires quemaba ante la vieja Casa de Baños de Riazor, no es menos cierto que la revalidación en este rito iniciático la superamos en aquellas mágicas hogueras que los niños de Fernando Macías plantábamos, cada noche de San Juan, en la explanada de Paseo de Ronda, frente al airoso edificio de Torre Coruña, pomposamente titulado como “rascacielos” en una Coruña que luchaba por entrar en la corriente de las ciudades modernas.

La primera de aquellas hogueras, que de alguna manera constituyen los orígenes de la actual Noite da Queima, la quemamos la noche del 23 al 24 de junio de 1962. La noche de aquel sábado del alto junio un grupo de niños coruñeses comenzamos, sin saberlo, a escribir una de las más hermosas páginas de la historia lúdico-festiva de nuestra querida Marineda.

Sin embargo todo aquello tuvo unos prolegómenos. Recuerdo que el año anterior había ardido la que sería la última hoguera de los chiquillos de Rubine; poco después de aquel junio de 1961 vimos, con gran desesperación, como la piqueta acababa con la Casa de Baños de los Dorrego y en su lugar, explanada anterior incluida, comenzaba a levantarse la antiestética mole que aun hoy da remate a los números pares de la calle Rubine justo antes de asomarse a la playa de Riazor.

Con semejante perspectiva pronto nos dimos cuenta que, a falta de otro sitio, que no lo había, la continuidad de la hoguera de Rubine se hacía completamente inviable y que aquella hoguera de 1961 sería la que pusiese fin a la tradición sanjuanera de la calle.

Tal vez por haber prendido en mi la chispa de la hermosa tradición hogueril o porque ya advertía, cosa bastante improbable, que la noche de San Juan iba a marcar una buena parte de mi vida, el caso es que desde aquel momento inicié una personal campaña, a modo de cruzada, para lograr que la pandilla de Fernando Macías y alrededores secundasen la idea de quemar una hoguera en la siguiente noche de San Juan.

Mi vinculación con la calle de Fernando Macías venía dada por el hecho de que allí había nacido y allí vivía con mis padres y por lo tanto constituía, de forma natural, mi entorno de pandillas y juegos; sin embargo la ligazón que me unía a la Avda. de Rubine era por ser aquella la calle en la que residía mi abuela materna y por tanto lugar de visita diaria de mi madre a quien yo acompañaba.

Pese a que Fernando Macías como tal no quemaba hoguera alguna en la noche de las lumeradas, principalmente por no tener sitio donde plantarla, si es verdad que las calles aledañas celebraban por todo lo alto la noche de San Juan plantando hogueras en la confluencia de Rey Abdullah con la calle C, hoy Pérez Cepeda; zona baja de la Plaza del Maestro Mateo; calle ancha de Paseo de Ronda y Calvo Sotelo, frente al Colegio de la Compañía de María. Una oferta más que suficiente para satisfacer a mayores y pequeños, especialmente a estos, residentes en el conjunto de calles que envolvían a la de Fernando Macías.

Sin embargo todo aquello, así como tampoco el hecho de que la tradición sanjuanera estuviese perfectamente consolidada en la zona, fueron suficientes motivos para disuadirme de mi voluntad de incluir una nueva hoguera en la panoplia hogueril de aquellas calles.

Tras las primeras intentonas a finales de mayo, fecha tradicional del inicio de acopio de madera para la hoguera, todas ellas frustradas por la reticencia de mis amigos de sumarse al proyecto, no cejé en el empeño y así una tarde soleada de la segunda decena de junio decidí dar el asalto final.

Las vacaciones escolares ya habían comenzado. La mayoría de nosotros habíamos superado con aprovechamiento las pruebas de ingreso en el Bachillerato y esto nos permitía acudir cada mañana y cada tarde, con el permiso de la climatología, a nuestro particular rincón de la playa de Riazor para enfrascarnos en juegos y baños de primer verano.

Aquella tarde había concurrido previamente a casa de mi abuela y tras la visita, tal vez para premiar mi aprobado, aquella maravillosa mujer vestida de negro, me había obsequiado con la nada desdeñable cantidad de cinco duros, 25 pesetas de la época, con el fin de satisfacer alguno de mis múltiples caprichos infantiles. Con aquel billete de 25 pesetas en el bolsillo corrí a la playa a encontrarme con mis compañeros de pandilla.

Allí estaban, como cada tarde, Ovidio García, Carlitos Vallo, José Mª Barcala, Luis Moreno, los hermanos Manolin y Luisín y Pepe Tomé, a quienes de nuevo plantee mi proyecto cara el próximo San Juan. Como quiera que en algunos de ellos siguiera advirtiendo notables reticencias no me quedó más remedio que tratar de “comprar” sus voluntades y así, aprovechando las 25 pesetas regalo de mi abuela, oferté convidar a un helado a cada uno de los que secundasen mi idea. Aquella oferta obró como mágica llave que abre el cofre de los tesoros y un “si hacemos la hoguera” fue la clamorosa respuesta a mi invitación que tuvo como epílogo la obligada visita a la Heladería “La Jijonenca”, que abría sus puertas en una de las últimas casas de la Avda. de Rubine, donde todos degustaron un helado sin duda a la salud de mi abuela quien a la postre resultó ser la esponsorizadora de la iniciativa.

Vencidas las reticencias y con luz verde para el proyecto ya no quedaba más que buscar el sitio idóneo para la ubicación de la hoguera y eso surgió esa misma tarde cuando decidimos que el sitio más apropiado podría ser en la calle ancha de Paseo de Ronda frente al edificio de Torre Coruña, compartiendo espacio con otra hoguera, de muy pocas pretensiones, que plantaba la chavalería de aquella calle.

Otro problema serio de logística que surgió casi de inmediato fue decidir el sitio donde poder ocultar la madera a salvo de posibles “golpes de mano” por parte de alguna hoguera vecina. La cosa generaba serios problemas y durante algunos días nos trajo de cabeza.

Recordaba que los chavales de Rubine guardaban la madera, tanto la que acopiaban por medio de donaciones, como la que obtenían tras arriesgadas razias por obras en construcción próximas, en el corralón del nº 13-15 de la calle; allí la madera y trastos conseguidos aguardaban la llegada de la noche del 23 de junio vigilados atentamente por la mirada inquisidora de alguno de los organizadores que vivía en los inmuebles que asomaban a aquel corralón. Sin embargo semejante lugar quedó descartado de inmediato al no contar con el concurso de ninguno de aquellos chiquillos; así que se me ocurrió recurrir nuevamente a mi abuela y pedirle permiso para utilizar, como eventual almacén, una vieja carbonera que poseía en la buhardilla de su casa. Concedido el pertinente permiso, pronto se inició el acopio de leña para la quema que comenzó a ser depositada en la vieja carbonera a salvo de la codicia de los chavales de otras hogueras.

Los días fueron transcurriendo y pronto advertí en todos y cada uno de mis amigos que la ilusión que no habían demostrado al principio surgía ahora a borbotones con solo mirar sus rostros; al final nos habíamos empeñado en una empresa que a todos nos producía una atracción especial.

El haber aprobado el ingreso en el Bachillerato, todo un hito a nuestros diez años, traía aparejado como es lógico el correspondiente regalo paterno por semejante hazaña escolar. No se trataba de un regalo más o menos ostentoso como cualquiera de los que recibíamos por Reyes o el día de nuestro Santo, era simplemente un pequeño obsequio para recordarnos que cualquier esfuerzo tiene su recompensa. En este sentido, unos pedían a sus padres el dinero necesario para pasar una tarde en el “Cerebro electrónico”, una sala de juegos con máquinas recreativas que había en la calle de los Olmos; otros para la compra de un libro o un disco de vinilo de los cantantes de moda y yo, sin embargo, le pedí que me comprase dos globos de papel, por un valor de 50 pts., para lanzar la noche de San Juan como complemento a nuestra hoguera.

Así fue, mi padre me libró gustoso el dinero necesario para la compra de los dos aeróstatos que verifiqué en un comercio coruñés de toda la vida, ya desaparecido, “el Arca de Noe”, situado en la calle ancha de San Andrés. Me acompañó mi amigo Ovidio García quien, emulando mi petición y por idéntico motivo, consiguió que su padre también aportase el dinero necesario para la compra de un tercer globo.

Poco a poco los preparativos se fueron ultimando y los días se deslizaron vertiginosos hasta llegar al siempre anhelado 23 de junio, una fecha que, desde aquel momento, remarcamos en rojo en nuestros calendarios personales. Los nervios fueron haciendo acto de presencia a medida que el día de autos se aproximaba más y más a nosotros.

La mañana de aquel día amaneció radiante, el sol del recién estrenado verano brillaba con fuerza lo que hacía presagiar un magnífico nocturno. Yo no había pegado ojo en toda la noche, el deseo de que amaneciese cuanto antes, comparable tan solo al que sentía la noche de Reyes, me permitió escuchar, una a una, todas las horas y medias marcadas puntualmente y con repetición por el carillón de la sala de estar de la casa de mis padres. En cuanto pude me levanté azuzado por el ruido de los petardos que explosionaba la chavalería y tras el obligado aseo personal salí a la calle en busca de mis amigos. No quedaban demasiadas horas para la llegada de la noche y el trabajo que nos restaba por hacer era mucho.

De inmediato tras buscar el sitio exacto donde íbamos a plantar nuestra hoguera comenzó, como si de un desfile de hormigas se tratase, el trasiego de maderas, trastos viejos y cachivaches de todo tipo que habíamos ido amontonando en la carbonera de mi abuela. No nos olvidamos de pasar por el fabriquín de carpintería de don Juan, en la calle de Rubine, donde tanto él como su hijo Xanete nos permitieron acopiar una buena cantidad de recortes de madera y serrín que sirvieron para colocar como base de la pira para su mejor cremación.

Don Juan, hoy ya desaparecido, ha sido uno de esos hombres generosos que de forma cariñosa y desinteresada siempre estuvo dispuesto a colaborar con nosotros en los inicios de nuestras andanzas sanjuaneras. Uno de esos hombres para recordar y con quien la Comisión Promotora de las Hogueras mantiene una deuda de gratitud.

Tras concluir el traslado de la madera comenzamos a preparar la pira. Lo primero fue hincar en el suelo el palo mayor o central, eje de toda la hoguera, y una vez hecho esto fuimos distribuyendo la leña y trastos viejos a su alrededor hasta dejar presentada nuestra primera lumerada de San Juan ante la emocionada mirada de todos los que habíamos tomado parte en su gestación.

Quedaba un último detalle. Teníamos que rematar la hoguera de alguna manera y a falta de muñeco o pelele que colocar, José Mª Barcala pensó en la posibilidad de quemar un viejo cañón de madera que tenía en su casa. Corrió a buscarlo y de inmediato lo aseguró al remate del palo mayor quedando situado en oblicuo con este. Pese a todo seguía faltando algo con que rematar realmente la pira. No puedo precisar a quién pero a alguien se le ocurrió colocar la cruceta que unía las patas de una vieja silla de mimbre que iba a ser quemada en la hoguera. De esta forma la imagen resultante evocaba a un cañón que defendía o protegía una cruz. El resultado final nos pareció muy estético y de esta guisa quedó lista la hoguera para ser quemada.

Durante toda la tarde y primeras horas de la noche repartimos turnos de guardia para velar la hoguera en evitación de cualquier tipo de sorpresa y así aguardamos a que el nocturno se apoderase de la ciudad que se aprestaba ya para vivir una nueva noche de San Juan.

A la hora prevista, las doce en punto ya del día de San Juan, acompañados de nuestros padres y de algunos vecinos y curiosos, elevamos al cielo los tres globos de papel ante la expectación de la concurrencia que aplaudió el buen hacer de toda nuestra pandilla. Finalmente encendimos la hoguera y tras danzar a su alrededor lazados por nuestras manos aguardamos que las llamas perdiesen intensidad para iniciar los saltos rituales que culminamos con éxito. Luego, tras los abrazos de rigor para felicitarnos por la misión cumplida, regresamos a casa de la mano de nuestros padres soñando con nuevas noches de hogueras que ya se nos antojaban próximas.

Recuerdo que yo me fui, además de con mis padres y mi hermano Calín, un chiquillo de cinco años, con José Mª Barcala y con Carlos Vallo y los padres de ambos. Durante el corto trayecto hasta el portal de mi casa no dejamos de hacer planes para la siguiente edición que, por alguna extraña razón, ya deseábamos empezar a preparar.

La cama nos acogió benévola y reparadora y el sueño nos sorprendió enseguida trasladándonos a un universo de proyectos en los que nuevas noches de San Juan brillaban con luz propia.

A la mañana siguiente José Mª Barcala, Carlitos Vallo y yo volvimos a la calle ancha de Paseo de Ronda para reflexionar alrededor de los rescoldos de nuestra primera hoguera y allí surgió lo inexplicable; en el medio de las cenizas, prácticamente intacta, se hallaba la cruz de mimbre que se había negado a arder. Nos miramos sorprendidos sin saber muy bien que decir ni que hacer y esa indecisión nos evitó guardar para la posteridad aquella cruz de mimbre que, por alguna razón que ignoramos y que está fuera de toda lógica, no quiso ser pasto de las llamas.

Aquella fue nuestra primera hoguera de San Juan y hoy, más de cincuenta años después, nuestra vocación sanjuanera lejos de decrecer se ha ido incrementando logrando que la fiesta se haya consolidado como la más importante de La Coruña. Tal vez aquella cruz que no ardió, a la postre tenga algo que ver en todo ello.

José Eugenio Fernández Barallobre.

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