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LA I MEIGA MAYOR

LA I MEIGA MAYOR

Acabamos de levantar el telón del año 2019, un año cargado de magia y de especial significado para todos aquellos que algún día trabajamos para engrandecer el San Juan coruñés ya que en este año elegiremos a la L Meiga Mayor; cincuenta años, cinco décadas, han pasado desde aquel lejano 23 de junio de 1970 en el que Estrella Pardo Castiñeiras, desgraciadamente ya desaparecida, fuese proclamada I Meiga Mayor de las Hogueras de San Juan de La Coruña.

Durante estos años han sucedido muchas cosas, tantas que sería imposible hacer un rápido balance siquiera de las más importantes; sin embargo, lo que si permanece con frescura en nuestra memoria son las razones, los móviles que nos llevaron a dar vida a esta figura a cuyo alrededor se ha tejido toda la trama de una fiesta que, empezando como un juego de jóvenes, ha llegado a convertirse, aunque algunos sectarios desalmados se obstinen en negarlo, incluso a arrogarse un protagonismo que ni tienen ni se merecen pues nada hicieron por la fiesta salvo aprovecharse del trabajo bien hecho de los demás, en una de las mejores fiestas de España.

Cuando en 1962 comenzamos, tímidamente, nuestra aventura sanjuanera plantando aquella primera hoguera delante de la Central Telefónica de Riazor, situada en Paseo de Ronda, todavía eran muchos los lugares de la ciudad donde el rito del encendido del fuego solsticial se mantenía vivo, incluso con cierta pujanza, pese a que nada era ya como en los años precedentes. No hay más que recurrir a las hemerotecas de la prensa de la época para comprobar que el San Juan coruñés pasaba totalmente desapercibido salvo para algunos que lo recordaban con nostalgia.

De entre todas las hogueras que, por aquel entonces, se quemaban en La Coruña, destacaba sobremanera la que ardía frente al Colegio de la Compañía de María que se llevaba la palma en originalidad, derroche pirotécnico y buen hacer. Por lo demás, el resto de las que ardían en calles y plazas, donde el asfaltado lo permitía, se limitaban a dar cumplimiento, con mayor o menor fortuna, a una vieja tradición, heredada de sus mayores, siendo los jóvenes y la chiquillería los encargados de sacar adelante, sin esquema organizativo alguno, la organización y quema de sus respectivas hogueras llegada la noche de San Juan.

De esta suerte, diferentes motivos incidieron negativamente a lo largo de los años centrales de la llamada “década prodigiosa” para que una buena parte de estas hogueras comenzasen a desaparecer. De un lado, el asfaltado de muchas de las calles que fue eliminando las tradicionales ubicaciones de las lumeradas; de otro, cierta presión ejercida por las Autoridades municipales debido al riesgo que entrañaba su quema y, finalmente, que muchos de los que encabezaban la iniciativa, y que se encargaban de tirar cada año de los demás, se cansaron de asumir aquel protagonismo no encontrando el necesario relevo generacional.

En nuestro caso, vimos cómo, entre 1963 y 1966, la mayor parte de las hogueras que ardían en nuestra zona, Fernando Macías y adyacentes, se habían convertido tan solo en un recuerdo. En estos años, las que se quemaban frente al Colegio de la Compañía de María, en Pérez Cepeda y en la plaza del Maestro Mateo, entre otras, se convirtieron en historia, al igual que había sucedido un par de años antes con la que organizaba la chiquillería de la Avda. de Rubine, Plaza de Pontevedra y Avda. de Buenos Aires, que quemaban delante de la Casa de Baños de los Dorrego.

Nosotros, por nuestra parte, continuamos con nuestra apuesta, incluso mejorándola en la medida de nuestras posibilidades, si bien todos éramos conscientes de que aquello, más pronto que tarde, tendría fecha de caducidad, máxime desde que, en 1966, antes de San Juan, se procedió al asfaltado de la calle ancha de Paseo de Ronda lo que nos dejaba sin la posibilidad, al menos en apariencia, de plantar allí nuestra Hoguera.

Pese a que aquella contingencia finalmente no fue óbice para impedirnos seguir adelante con nuestro sueño sanjuanero, tuvimos que sortear muchos inconvenientes, incluida la presencia de la Guardia Municipal en más de una ocasión, para poder celebrar nuestro San Juan en los postreros años de la década de los 60.

Y así llegamos a 1969, año en el que quemamos, como era costumbre, nuestra hoguera que contaba a cada paso con más afluencia de público al rodearla de una serie de ingenios pirotécnicos y ser la única que ardía en nuestra zona. Sin embargo, al concluir aquella noche de San Juan, nos dimos cuenta de que algo empezaba a cambiar en una buena parte de nosotros. Supongo que sería la edad ya que la totalidad de los miembros de la pandilla nos íbamos acercando a los míticos dieciocho años y eso suponía un cambio, tanto cualitativo como cuantitativo, importante; sin descartar otros factores que tenían una relación directa con el glorioso y mágico hecho de acompañar a alguna de aquellas maravillosas chiquillas de las que estábamos comenzando a enamorarnos.

Fuese por uno u otro motivo, lo cierto es que cuando nos acercamos a los primeros días de mayo de 1970, fecha en la que tradicionalmente comenzábamos a pergeñar el siguiente San Juan, observamos como una buena parte de los integrantes de nuestra de pandilla se decantaban por no seguir adelante con la tradición hogueril, argumentando la edad, el cansancio y otras obligaciones, la mayor parte derivadas de las contraídas con la niña a la que acompañaban.

Creo que, en momento alguno, valoramos la posibilidad del natural relevo generacional y que los chiquillos que, por razón de edad, venían detrás de nosotros fuesen los encargados de continuar con la tradición y no lo hicimos, tal vez por el temor a no encontrar en ellos la misma voluntad que nosotros habíamos tenido cuando comenzamos la andadura. Por ello, un grupo de nosotros, comenzamos a valorar otras opciones.

No puedo asegurar en que momento se nos ocurrió, ni tan siquiera quienes estábamos en aquella memorable jornada en la que dimos forma a la idea. Supongo que fue pasada la mitad de mayo cuando tomamos la decisión de cambiar drásticamente el rumbo de todo aquello y comenzamos a barajar la posible incorporación de las chicas a nuestro proyecto.

Recuerdo que, durante días, le dimos muchas vueltas. No solo se trataba de invitarlas a sumarse a nuestras andanzas sanjuaneras, era necesario buscarles el encuadre adecuado ya que no nos las imaginábamos, ni ellas tampoco, corriendo, con un tablón en la mano, delante de un vigilante de obra ni revolviendo en olvidados trasteros para rescatar un montón de muebles viejos y apolillados, susceptibles de arder en el siguiente San Juan.

Estoy seguro de que la primera vez que hablamos de la figura de la “Meiga” fue delante del portal de mi casa; incluso recuerdo los nombres de algunos de los presentes, sin embargo, voy a omitirlos pues no me gustaría dejar a nadie en el tintero, algo razonablemente posible a tenor de los cincuenta años transcurridos desde aquella memorable fecha. Lo cierto es que allí, en aquel momento, surgió la idea de elegir a una chiquilla como “reina” de nuestro San Juan, a sabiendas que, de cristalizar positivamente el proyecto, la fiesta adquiriría una nueva dimensión que contribuiría a su fortalecimiento y promoción, amén de eliminar todos los resquemores que habían anidado en algunos de nuestros amigos.

Tras decidir que la incorporación de las chicas la realizaríamos en este formato, surgió la necesidad buscar el nombre adecuado que deberíamos dar a aquella nueva figura. De inmediato, descartamos usar el apelativo de “reina”, toda vez que, por aquellas fechas, el Ayuntamiento nombraba, cada año, a la Reina de las Fiestas y no considerábamos que hacer competencia a tal designación produciría los efectos deseados.

De esta guisa, cada cual aportó su idea. No puedo precisar de quien surgió el nombre de “Meiga”, incluso pude haber sido yo mismo el patrocinador de la idea, sin embargo, ante el temor a equivocarme, prefiero pasar por alto este detalle, aunque si deseo, desde aquí, rendir un pequeño homenaje de admiración a quien aportó aquel nombre, sin duda el más acertado, sea quien fuese su promotor.

De siempre, la noche de San Juan se ha asociado, al menos en el imaginario popular gallego, con la ambivalente figura de la “meiga”; meiga buena, hacedora de felices encantamientos, de filtros de amor, de curas cuasi milagrosas, en contraposición con la meiga mala, la que utiliza la magia negra y concurre a aquelarres diabólicos para sembrar el mal, siendo uno de los más importantes, precisamente, el que se celebra la noche de San Juan. En consecuencia, el nombre elegido, se correspondía plenamente con la tradición más inveterada relacionada con la noche del alto junio y por tanto se nos antojó como el más adecuado.

Una vez decido el nombre que íbamos a darle a nuestra figura femenina y tras añadirle el apelativo de “mayor”, influenciados, sin duda, por las corrientes festeras levantinas, había que decidir a quién le propondríamos que aceptase el nombramiento. Aquello nos provocó más quebraderos de cabeza de lo esperado, toda vez que no deseábamos obtener un no como respuesta de la chiquilla a quien se lo habríamos de plantear, ante el temor de tener que recurrir a un plan “b”, nunca deseable.

Tras un largo debate en el que salieron a relucir varios nombres, valoramos diferentes opciones. Si de algo estábamos seguros en aquel momento era de dos cuestiones fundamentales; de una parte, que la chiquilla propuesta debería ser de nuestra zona y, de otra, que tendría que tener una relación muy directa con nosotros.

Por aquellas fechas, nuestra pandilla, se relacionaba con otra, formada por niñas estudiantes del Colegio de la Compañía de María, todas ellas de edades comprendidas entre los quince y dieciséis años, con las que nos solíamos ver casi a diario. Por ello, muy pronto dirigimos nuestra mirada hacia ellas.

Creo que fui yo quien propuso el nombre de Estrella Pardo Castiñeiras como la posible receptora del nombramiento. Chiquilla alegre, simpática, dicharachera, amable, buena conversadora, me pareció la más idónea para ser designada como la “reina” de aquel primer San Juan de altos vuelos que pretendíamos sacar adelante.

En Estrella concurrían las dos circunstancias que considerábamos exigibles. Por un lado, vivía en el Paseo de los Puentes, por tanto, en nuestra zona de influencia, y por otro, formaba parte de nuestra pandilla y, en consecuencia, resultaba mucho más sencillo el poder acceder a ella.

Fuese yo o fuese otro el que propuso el nombre de aquella chiquilla, lo cierto es que fue a mi a quien le correspondió trasladarle la propuesta y así lo hice.

Una tarde la acompañé a su casa y subiendo la cuesta de los Franciscanos le fui explicando, un poco por encima, lo que pretendíamos llegado el San Juan; ella, que escuchó con suma atención lo que yo le estaba narrando, mostró mucho interés y rápidamente se entusiasmó con la idea de crear una figura que encarnase la representación de la noche de los grandes aconteceres. Así que, tras vencer el temor a una posible falta de interés inicial, al llegar al portal de su casa y antes de que me despidiese, le propuse que fuese ella la I Meiga Mayor.

No se si quedó sorprendida o simplemente emocionada. Recuerdo que me sonrió y me respondió que estaría encantada, si bien antes tendría que comentarlo en casa para que le diesen el visto bueno, aunque suponía que no habría problema alguno.

Y así fue, al día siguiente me manifestó su aceptación sin reservas a lo que le respondí que debería nombrar a sus cuatro Meigas de Honor, gestión esta que realizó en los ulteriores días, nombrando a Maka González, Puri Arias, Lourdes Castiñeiras y Angeles Astray, todas ellas compañeras de clase y de pandilla, como las integrantes de su corte de honor.

Lo demás vino rodado, bueno, no tanto, pero todo salió como estaba previsto y tras vencer los escollos que se nos presentaron, que no fueron pocos, y después de airearlo en la prensa, nos aprestamos a nombrar a nuestras primeras Meigas de la historia.

No voy a relatar, pues ya lo he hecho en otras ocasiones, las vicisitudes de aquella primera Noite da Queima y el sinfín de anécdotas que surgieron al socaire de ella, baste decir que, en la tarde del 22 de junio, organizamos un desfile de modelos en la parrilla del Hotel Embajador, que sirvió como marco para la presentación de la I Meiga Mayor y sus Meigas de Honor y que, finalmente, la noche del 23 de junio, Estrella y sus Meigas, tras llegar en vehículo al Paseo de Ronda, fueron proclamadas las primeras de nuestra particular historia, que abrieron el paso a otras cuarenta y ocho, con sus respectivas Meigas de Honor, que las han seguido desde aquel lejano 1970.

Sin embargo, hubo dos hechos que no quiero pasar por alto. Uno de ellos, simplemente sirvió para hacernos comprender, como ya lo sabíamos desde que encontramos la cruz que no ardió en nuestra Hoguera de 1962, que acabábamos de crear algo grande que forzosamente tenía que tener continuidad en el tiempo. Al día siguiente, 24 de junio, día de San Juan, el telediario de las tres de la tarde de la Primera Cadena de TVE, la única al menos en La Coruña, cerró con una reseña de nuestra Hoguera y de la proclamación de la I Meiga Mayor. Aquello para nosotros fue emocionante ya que toda España supo lo que habíamos iniciado la noche anterior.

El otro, mucho más intimista y emotivo, al menos para la Meiga Mayor, lo supe también al día siguiente de boca de Estrella Pardo. Durante los días previos a su proclamación hablamos mucho del deseo que debería pedirle al Santo cuando plantase fuego a la Hoguera y arrojase a ella siete cardos sin florecer, una costumbre que iniciamos por aquellas fechas hoy ya desaparecida. Pues bien, ella me relató su deseo que, como todo lo que se pide al Santo, si se hace con fervor, se cumple.

El padre de Estrella vivía, por aquellos años en Venezuela, aunque ya tenía previsto su regreso definitivo a España, si bien ella desconocía la fecha exacta de su llegada a La Coruña aun cuando sabía que sería a lo largo de aquel mes de junio. Según me dijo, le pidió al Santo que su padre estuviese allí aquella noche y lo que son las cosas, el padre llegó a La Coruña a últimas horas de la tarde de aquel 23 de junio, cuando su hija se encontraba ya inmersa en los actos de su proclamación. Al saber donde podía encontrarla, se trasladó a Paseo de Ronda y allí la vio y, al final de la noche, se fundió con ella en un abrazo tras felicitarla por su nombramiento. Una historia emotiva que merece ser narrada.

Así fue, contada a grandes pinceladas, la historia de nuestra I Meiga Mayor. Evidentemente, este hecho merecería dedicarle mayor espacio y sobre él, como se ha dicho, se podrían escribir una larga serie de anécdotas, algunas muy simpáticas, que lo rodearon; sin embargo, sirvan estas líneas para dejar constancia de un hecho que, visto desde la perspectiva del tiempo pasado, y despreciando, como se merecen, las opiniones de todos esos sectarios que tratan de desvirtuar, de forma maliciosa e intencionada, esta entrañable figura, sirvió para revitalizar la fiesta de las HOGUERAS, permitiendo que llegase con plena vigencia hasta nuestros días, algo que habría sido inviable de no existir la figura de la Meiga Mayor.

Eugenio Fernández Barallobre.

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