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Los primeros donativos

Los primeros donativos

En estos días que, por obvios motivos, estoy realizando una profunda reflexión sobre el gran trabajo realizado por un puñado de coruñeses, a lo largo de los años, para rescatar para la ciudad la mágica noche de San Juan, cuando se moría sin indulgencia por la apatía de unos y el olvido de otros; en estos momentos, en los que unos que jamás movieron un dedo por La Coruña y mucho menos por su noche de San Juan pretenden sustraernos el esfuerzo de tantos años, recuerdo aquellos instantes iniciales en los que un grupo de audaces románticos nos embarcamos en esta aventura que, a la postre, logró los objetivos perseguidos.

Recuerdo, cuando empezamos con nuestra primera Hoguera, allá por 1962, que una de las primeras metas que nos marcamos fue comenzar a rodear la fiesta de una serie de complementos que otras no tenían. Había que conseguir llamar la atención ya que otras hogueras vecinas, con más solera que la nuestra, nos superaban con creces tanto en la calidad de sus lumeradas, más grandes, mejor confeccionados los peleles que las remataban, etc.; como en cantidad, mayor número de chiquillos trabajando para su consecución, más colaboración vecinal, etc. Por ello no nos quedó más remedio que tratar de ser originales.

Tras la experiencia de 1962, año de nuestra primera Hoguera, como queda dicho, en que los premios en metálico, procedentes de los bolsillos de nuestros padres, obtenidos por haber superado el Ingreso al Bachillerato de algunos miembros de nuestra pandilla, los invertimos en la compra de tres globos de papel para realzar nuestra primigenia cita hogueril, ahora tocaba ya rascarse los bolsillos o buscar otro medio de obtener los recursos económicos necesarios para acometer nuestra empresa con ciertas garantías de éxito.

Se nos ocurrió entonces recurrir, como medida “in extremis”, al vecindario de nuestra calle y algunas limítrofes, para tratar de obtener el respaldo económico necesario para la compra de nuestro globo de papel, así como de algún artificio pirotécnico, trascas y ruedas de fuego, para realzar más nuestra particular noche de 23 de junio.

Así que, tras debatirlo en uno de aquellos inolvidables fuegos de campamento celebrados al anochecer en el camino de los Puentes, nos pusimos manos a la obra. Tal vez fuesen nuestros diez u once años de edad o nuestra audacia juvenil, quien sabe, lo cierto es que, sin pensarlo dos veces, comenzamos a subir piso por piso y casa por casa a pedir a cada vecino una ayuda para nuestra Hoguera de San Juan.

Pese que al principio pudo resultar desalentador, toda vez que no todos nuestros convecinos secundaron nuestra demanda, lo cierto es que la campaña pronto comenzó a dar los primeros frutos. Peseta a peseta, duro a duro e incluso cinco duros, aunque en este caso las menos de las veces, lo cierto es que cada tarde, al hacer arqueo de los resultados de nuestra captación, comenzamos a darnos cuenta de que el vecindario nos respaldaba y no solo con su aportación económica, sino también concurriendo, la noche de San Juan, a la quema de nuestra Hoguera.

Es verdad, no hay que ocultarlo y para eso evitaremos dar nombres, que algunos jamás aportaron ni una peseta, despachándonos en la puerta con malos modos, motivo más que suficiente para convertirlos, más tarde, en objeto de nuestras bromas y chacotas infantiles hechas con mucho humor y con muy poca, ninguna diría yo, mala fe.

Tras los dos o tres primeros años de realizar esta campaña de captación de recursos, éramos plenamente conscientes de la cantidad de dinero, con muy poca variación, que podríamos obtener cada año y, de esta suerte, confeccionar un presupuesto elemental de gastos que podríamos asumir sin mucho riesgo a equivocarnos.

Sabíamos perfectamente quien nos daría 25 pts. y quien tan solo una moneda de aquellas rubias de una peseta; incluso los más generosos que, sin duda por caerles simpáticos, nos entregaban la nada desdeñable cantidad de 100 pts., una fortuna para la época y sobre todo para la economía de nuestra pandilla. Incluso, tomamos la sabia decisión de simultanear los inmuebles donde éramos plenamente conscientes de que su aportación sería mayor con aquellos otros que conocíamos que el resultado sería mucho más decepcionante y con ello lograr que nunca cundiese el desaliento. Incluso teníamos constancia de quién de nosotros debería ir a pedir a tal o cual casa para conseguir un mayor donativo por el simple hecho de mejor conocer a sus moradores.

Durante los primeros años de aquella experiencia todos y cada uno de nosotros dedicó su tiempo a recorrer, piso a piso, nuestra calle con el gran hándicap que suponía el hecho de que, por aquel entonces, Fernando Macías disponía tan solo de quince portales y que en alguno de ellos vivían chiquillos pertenecientes a otras pandillas que también quemaban por su cuenta su particular hoguera de San Juan, lo que a priori suponía no obtener resultado positivo alguno. Sin embargo, nada de aquello nos arredró.

Gracias a estos donativos de nuestra época fundacional, logramos llamar la atención de nuestro vecindario, especialmente a mitad de la década de los 60 cuando de todas las hogueras que ardían en nuestra zona prácticamente quedaba solo la nuestra. A partir de entonces, cada año, el público que concurría a la calle ancha de Paseo de Ronda (hoy Calvo Sotelo) se fue incrementando.

Nuestro globo, nuestras tracas, nuestras numerosas ruletas de fuego, compradas todas en la desaparecida “Arca de Noe”, se convirtieron en el mejor reclamo para que, año a año, nuestra “clientela” fuese en aumento, llegando a llenar aquel espacio urbano.

Por más que lo intento soy incapaz de recordar ahora que beneficios lográbamos fruto de aquellas visitas a cada uno de los vecinos de nuestra calle y aledañas; supongo que no sería mucho ya que mi querido hermano Calín, en ese magnífico trabajo de recopilación histórica que él titula “en el año…” y que figura colgado en nuestro blog “el sueño de una noche de San Juan”, señala que en un fecha tardía como 1978 el acopio de donativos por el barrio no superó las 8.000 pts. Sin embargo, lo cierto es que entre las aportaciones vecinales y un poco más, resultante de rascarnos nuestros bolsillos, los objetivos se iban alcanzado.

En 1966, a los hermanos Asís y Santi Piñeyro Pueyo, vecinos de Fernando Macías, se les ocurrió la brillante idea de confeccionar unas octavillas a modo de tarjeta de presentación para hacer más sencilla la operación “a puerta fría” que llaman los comerciales y así fue; aquella iniciativa que se prolongó hasta 1970, y a la que nos hemos referido en un artículo anterior que puede leerse en la sección de historia de este blog, dio muy buenos resultados permitiéndonos incrementar notablemente las aportaciones de los vecinos.

Durante muchos años seguimos con esta campaña. Por lo que puedo recordar creo que llegó hasta los años 80 y en ella participaron las Meigas de muchas de las ediciones de HOGUERAS, esas que con maldad y desconocimiento supino algunos y algunas llaman “mujeres florero”; ellas, piso a piso, casa por casa, en ocasiones con sus uniformes colegiales, lograron allegar parte de los fondos necesarios para sacar adelante el proyecto, aunque en muchas ocasiones tuvieron también que aguantar el desaire de ver cómo le cerraban las puertas en las narices; que de todo hay en la viña del Señor.

Podría contar muchas anécdotas relacionadas con estas campañas de captación de recursos, empezando por las que surgieron cada vez que a alguno de nosotros le tocaba visitar la casa donde vivía la colegiala de sus amores, sin embargo tan solo voy a referir dos de ellas de forma muy breve.

No puedo precisar el año, lo que sí recuerdo es que una de las tardes de aquel junio al realizar el recuento de lo logrado nos encontramos que la cantidad obtenida, algunos cientos de pesetas, terminaban en un pico, creo recordar que 49,50 pts. o algo así. Por supuesto, la mayoría era calderilla aunque también había monedas de 25 y 50 pts. e incluso algún billete de 100. Una vez hecho el arqueo, los encargados de las finanzas decidieron acercarse a uno de los establecimientos comerciales de la zona para cambiar aquella cantidad de monedas y aprovechar para solicitarle a su propietario el óbolo correspondiente.

Recontada la cantidad delante del propietario citado, el resultado escrutó la misma cantidad que en el primer conteo, terminada, como queda dicho, en 49,50 pts. Pues bien, tras entregársela al titular del establecimiento con el fin de que la cambiase por billetes, aprovecharon los responsables de nuestra tesorería para solicitarle su donativo. El propietario de la tienda, muy ufano, señaló: “yo completo ese pico”.

Los dos chavales portadores del dinero se miraron y sonrieron a sabiendas que la aportación del dueño del establecimiento supondría incrementar la cantidad recaudada en, al menos, diez duros más. Sin embargo, se quedaron de piedra y con un cabreo descomunal cuando observaron que el donativo con el que pretendía aquel hombre completar el pico era de 50 céntimos de peseta, es decir, dos reales de la época que fue, a la postre, lo único que lograron obtener de aquel “generoso” tendero.

La otra sucedió algún tiempo después, en época ya de las Meigas y tuvo como escenario otro establecimiento, esta vez hostelero, de la zona. Allí nos fuimos algunos de los miembros de la Comisión para solicitar a su dueño una aportación económica para nuestro proyecto, conocedores del notable incremento de clientela en su negocio la noche de San Juan, donde no cabía ni un alfiler.

El titular, nos quedó mirando y sin darnos importancia nos dijo en tono un tanto displicente: “Aínda douvos algo se non facedes nada, o único que traedes é traballo pois a noite de San Xoán éncheseme isto e voume pra casa as mil”. La verdad, ante aquella declaración, nos quedamos estupefactos, sin saber que decir ni que responder a tamaña demostración de vagancia y de falta de visión comercial.

Y así fueron pasando los años, peleando para conseguir una peseta de debajo de las piedras y lograr que cada vez la noche de San Juan tuviese más alicientes para los coruñeses. Todo ello fue fruto del trabajo de unos pocos que, sin importarnos sacrificios, ni malas caras, ni otras zarandajas, fuimos capaces de rescatar una fiesta que se moría sin indulgencia.

Hoy, algunos iluminados, con mucha mala fe, creen que esto surgió de la nada, que todo fue resultado de la casualidad o lo que es peor, que tácitamente los coruñeses se pusieron de acuerdo para salir a la calle la noche de San Juan. Qué gran equivocación.

Repito lo que he dicho muchas veces. Hay que buscar en las hemerotecas, ahí está nuestra historia que es la del San Juan coruñés desde principios de los 70 hasta hoy y eso, por más que quieran, por más que se esfuercen, por más que mientan, por más que difamen, por más que insulten, eso no nos lo va a quitar nadie ni ahora ni nunca.

José Eugenio Fernández Barallobre.

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