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Una lluviosa noche de San Juan

Una lluviosa noche de San Juan

No es frecuente que llueva la noche de San Juan; puede que nos sorprenda una noche de cielo encapotado o con niebla, incluso fría; sin embargo, es raro que el Santo permita que la lluvia desluzca su gran noche. Tanto es así que en HOGUERAS tenemos la costumbre de decir que, si esto sucede, el Santo sabrá el motivo que, por cierto, siempre lo hay.

Que yo recuerde, a lo largo de estos más de cincuenta años quemando Hogueras, tan solo llovió en dos ocasiones, concretamente en los años 1974 y 2004; otras dos veces lo hizo a lo largo de la tarde del 23, calmándose al llegar la noche e incluso, en alguna ocasión, la lluvia hizo acto de presencia a la conclusión de A Noite da Queima.

Lo que sí es cierto es que en las dos oportunidades que la lluvia nos acompañó lo hizo de forma impertinente y ostensible, viéndonos en la necesidad, al menos en el 2004, no así en 1974, de suspender una parte de los actos previstos para la noche aunque, por supuesto, tal medida no afectase a la quema de la Hoguera que ardió, como mandan los cánones, tras habernos dado el Santo una pequeña tregua al acercarse las doce de la noche que marcan el inicio del día del día de su nacimiento.

Sin embargo, aunque la lluvia sea en buena medida al menos la coprotagonista de la anécdota que voy a contar, no es este el motivo principal de las siguientes líneas que no es otro que el deseo de narrar un sucedido que acaeció en aquella lluviosa noche de San Juan de 1974.

Debió ser en 1973. Aquel año, con el fin de exornar la balconada de la gran escalinata del Colegio de la Compañía de María, convertida durante muchos años, cada noche de San Juan, en circunstancial tribuna desde donde la Meiga Mayor presidía la quema de la Hoguera, decidimos solicitar del Ayuntamiento la cesión de reposteros para engalanar la referida balconada proporcionándole un aire más solemne y distinguido.

Aquel año, el Servicio de Protocolo del Ayuntamiento, con el inolvidable Ramón Luis García Barros a la cabeza, nos cedió a tal fin dos reposteros con las armas de Galicia y uno con las de la ciudad que servían para engalanar los balcones del Palacio Municipal en los días solemnes o bien a lo largo de las fiestas de María Pita durante el mes de agosto. Los tres reposteros nos sirvieron, junto con una iluminación de fortuna colocada por nosotros mismos, para adornar la fachada de la Compañía de María aquella noche de San Juan en la que Victoria Martínez, nuestra IV Meiga Mayor, prendió fuego a la gran Hoguera.

Satisfechos con la impronta estética de la medida, al año siguiente solicitamos nuevamente la cesión de los reposteros si bien en esta ocasión pedimos nos cediesen uno de mayor tamaño con las Armas de España jalonado por otros dos, uno con las de Galicia y otro con las de La Coruña.

El repostero con las Armas de España, de un impoluto fondo blanco, se había estrenado el año anterior o un par de años antes, creo que al igual que los restantes, y con él se engalanaba el balcón central del Palacio de María Pita, que asoma desde las dependencias de la Alcaldía, en jornadas de especial significado.

Autorizada la cesión de los reposteros nos hicimos cargo de ellos y en la tarde del 23 de junio los colgamos de la balconada de la Compañía de María, ultimando los detalles para la inminente celebración de a Noite da Queima.

Estoy del todo seguro que cuando procedimos a engalanar la fachada del colegio, la tarde aun no amenazaba lluvia y que esta debió hacer acto de presencia en el transcurso de la celebración de la IV Fiesta del Aquelarre Poético, acto en el que fue proclamada V Meiga Mayor Malules Herrero, que celebramos, como era costumbre, en el Paraninfo del Instituto Eusebio da Guarda. Lo cierto es que al inicio de la Cabalgata aquel orvallo persistente e impertinente se había ya convertido en protagonista de excepción de la noche.

Tras la celebración de la Cabalgata, en la que la Meiga Mayor y las Meigas de Honor tuvieron que tapar sus cabezas con las capas de la Tuna de Aparejadores que aquel año nos acompañó, con la plaza de Calvo Sotelo llena de gente, pese a la persistente presencia del acuoso meteoro, Malules Herrero consumó el viejo rito de encender el fuego purificador al estallar la noche de San Juan. Luego, como cada año, la fiesta prosiguió hasta bien entrada la madrugada.

Al concluir la quema de la Hoguera comenzamos a desmontar los reposteros con el fin de guardarlos para devolverlos al día siguiente a su legítimo propietario, fue entonces cuando ante nuestra desesperación comprobamos que los colores de algunos de sus adornos se habían corrido manchando con sus tintes otras partes de la pieza, dejando, en general, un conjunto bastante maltrecho. Puedo asegurar que se nos quedó, como suele decirse, la cara de cartón.

Especial relevancia adquiría este desaguisado en el de las Armas de España cuyo fondo blanco se había visto bañado por los colores rojos de las grecas que, al desteñir, el agua los había desplazado a lo largo del repostero.

Creo que en aquel momento todos exclamamos aquello de “tierra trágame” al imaginarnos como explicaríamos en el Ayuntamiento que por una negligencia solo achacable a nosotros mismos habíamos estropeado unos reposteros, especialmente el de España, casi recién estrenados y que el Servicio de Protocolo cuidaba con mimo.

Como pudimos tanto aquella noche como al día siguiente, siguiendo los sabios consejos de mi madre, limpiamos todo aquello como mejor nos fue posible, empleando toda la maña y recursos de los que podíamos disponer, ante la imposibilidad de mandarlos a una tintorería tanto por la falta material de tiempo como por lo limitado de nuestros recursos económicos para hacer frente a los costes. Al final, la cosa no quedó tan mal y cuando los reintegramos al Ayuntamiento nadie se dio cuenta, o al menos eso aparentaron, recogiéndolos sin comentario ni reprimenda alguna. En el fondo habíamos salvado el tipo.

Unos días después, el Alcalde Jaime Hervada, desgraciadamente ya desaparecido, me invitó a formar parte de la Comisión Municipal de Fiestas a la que me incorporé en los primeros días de julio para vivir con intensidad aquel verano inolvidable. La ciudad se llenó, como cada año, de forasteros; el Jefe del Estado llegó, aunque ya muy mal de salud, a las Torres de Meirás y las fiestas engalanaron La Coruña de cuyo Ayuntamiento colgaron los reposteros para vestir sus balcones incluso en los días de lluvia que para eso están, algo en lo que no habíamos reparado la noche de San Juan cuando la lluvia cayó sobre ellos.

Fuera como fuese, pensando o no en que los reposteros que se cuelgan en los exteriores deben poder aguantar las inclemencias meteorológicas, lo cierto es que aquel hecho sirvió para hacernos pasar un mal rato aquella noche de San Juan de 1974 en que realmente no sabíamos dónde meternos al ver aquel fondo blanco impoluto del repostero de España con más pintas que un leopardo.

Hay un epílogo, ajeno a nosotros, pero no a la historia del repostero en cuestión. Al año siguiente, 1975, al concluir la que sería última estancia en nuestra ciudad del General Franco, cuando el Servicio de Actos Públicos del Ministerio de Información y Turismo, que tenía su almacén en la plaza de María Pita, procedió a recoger todo el material que desplazaba, con motivo de la presencia del Jefe del Estado en la ciudad, debió equivocadamente de guardar el famoso repostero y llevárselo para Madrid, despareciendo para siempre pero conservando, eso sí, el recuerdo de aquella lluviosa noche de San Juan de 1974.

José Eugenio Fernández Barallobre.

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