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“El motivo de trasladar la Hoguera a la playa de Riazor”

“El motivo de trasladar la Hoguera a la playa de Riazor”

A lo largo de la ya dilatada historia de nuestra Comisión Promotora -más de cuarenta y seis años y casi cincuenta y cinco quemando Hogueras la noche de San Juan- fueron varios los espacios elegidos para plantar nuestra lumerada llegada la noche del alto junio.

Si entre 1962 y 1965, la Hoguera la plantábamos en la calle ancha de Paseo de Ronda (hoy Avda. de Calvo Sotelo), frente a la central telefónica de Riazor, a partir de 1966 y hasta 1969 lo hicimos en el centro de esta amplia avenida al dejar de quemarse otra pequeña que organizaban los chiquillos de aquella calle.

En 1970, con motivo de proclamar a la I Meiga Mayor, volvimos a la ubicación de los primeros años ya que se precisaba todo el espacio posible para colocar la tribuna desde la que Estrella Pardo presidió aquella inolvidable Noite da Queima. Fue un poco como regresar a los orígenes aquella noche de San Juan que sirvió para iniciar el resurgir de las HOGUERAS en nuestra ciudad.

Al año siguiente, 1971, ante la notable afluencia de público y el éxito cosechado el año anterior, amén de para evitarnos tener que realizar el montaje de un escenario con lo que ello suponía de desembolso, mutamos nuestra ubicación tradicional y nos fuimos a la vecina Avda. de Calvo Sotelo, frente al Colegio de la Compañía de María cuyas escaleras utilizamos, tras pedir el pertinente permiso a las monjas, para que desde su balconada la Meiga Mayor y las Meigas de Honor presidiesen cada edición de a Noite da Queima.

De alguna manera, con aquella medida, también quisimos rendir tributo de admiración a aquellos otros jóvenes de esta zona que durante años quemaron allí la que sin duda era la mejor, al menos la más ingeniosa y completa, Hoguera de San Juan de nuestra ciudad, de la que también hemos hablado ya en alguna ocasión.

Allí, en aquel amplio espacio abierto al mar de Riazor bajo la atenta mirada de nuestra milenaria Torre de Hércules, nos mantuvimos, no con pocas vicisitudes, hasta 1991.

Fueron años en que miles de personas abarrotaron tanto la Avda. de Calvo Sotelo como la aledaña plaza de Portugal; años en los que muchas jóvenes y niñas coruñesas vivieron, llenas de ilusión, su particular sueño de una noche de San Juan; años en los que se fue consolidando la tradición y la Comisión Promotora se hizo un hueco en el tejido social de nuestra ciudad.

Son muchas las anécdotas vividas en aquella plaza en los veinte años en los que allí quemamos nuestras Hogueras. Desde los inevitables daños al pavimento, pese a colocar capas de arena, hasta algún que otro susto que nos llevamos los que ocupábamos aquellas escaleras, convertidas en tribuna de fortuna para Meigas e invitados.

Años en los que vimos quemar las primeras Hogueras alegóricas para sustituir al tradicional montón de cachivaches, trastos viejos y madera hurtada; Hogueras que fueron construidas tanto en nuestra ciudad, por nosotros mismos, como traídas de Valencia, fabricadas por maestros falleros profesionales. Años inolvidables donde se comenzó a fraguar lo que a la postre se ha convertido en la gran noche coruñesa que viven con intensidad miles y miles de personas cada vez que llega la noche de San Juan.

Allí, en aquella plaza, vimos quemar Hogueras construidas, con más ingenio que acierto, por miembros de la Comisión con ciertas dotes de carpintería, pero también vimos otras hechas por coruñeses de más y mejor saber que han contribuido a escribir algunos de los renglones más destacados de nuestra particular historia.

Nombres como Sánchez, Joaquín Castiñeira, Enrique Pellejero, Enrique Lago, Vidal o Romero, sin olvidar al maestro fallero valenciano Burriel, son algunos que nos recuerdan aquellas Hogueras que quemamos delante del Colegio de la Compañía de María durante estos años.

Sin embargo, algo sucedió en los inicios de 1992 que vino a cambiarlo todo.

Recuerdo que, tanto en 1990 como en 1991, las Hogueras construidas por mi amigo Enrique Pellejero y por el desaparecido Enrique Lago, respectivamente, habían causado algún daño a los semáforos que acababan de ser instalados en la zona. Ignoro si fue este el detonante, aunque creo que no a tenor de lo que nos contaron personas de toda solvencia, que provocó lo que a continuación voy a narrar, evitando, eso sí, dar nombres ya que además de poco elegante serviría para abrir una polémica en la que no vale la pena entrar.

Lo cierto es que aquel año conmemorativo del quinto centenario del descubrimiento de América por el Almirante D. Cristóbal Colón que, por cierto, dudo mucho que fuese catalán como ahora pretenden hacernos creer esos que quieren reescribir la Historia a su medida, nos pusimos a trabajar, como cada año, en la organización de unas nuevas HOGUERAS.

Iniciamos las gestiones para ir cerrando el programa; las reuniones se sucedieron semanalmente como venía siendo habitual hasta que un día, tal vez en febrero o marzo, la entonces Vicepresidenta I de la Comisión nos transmitió la noticia: “No nos permiten quemar la Hoguera delante de la Compañía, así que hay que buscar otro sitio”.

Nos costó dar crédito a aquellas palabras a las que realmente les encontrábamos poco sentido. Se trataba de una fiesta popular, muy enraizada y que cada año provocaba que miles de personas se acercasen a la plaza de Portugal a ver quemar la Hoguera, sin embargo, aquella frase no dejaba lugar a la duda. Puedo asegurar que en aquel momento el mundo se nos vino encima al valorar lo que acarrearía volver a desandar lo andado y trasladar la Hoguera a su ubicación original de 1962.

De inmediato activamos nuestros contactos en la Corporación Municipal con el fin de tratar de resolver aquel grave problema que nos acuciaba. Hablamos con unos y con otros y la respuesta fue siempre la misma: “fulano de tal se niega a dar permiso para que plantéis la Hoguera delante del Colegio y contra eso poco se puede hacer”.

Tratamos en vano de persuadir a la persona de referencia en el sentido de que se tomarían todo tipo de medidas conducentes tanto a mejor aislar el suelo como a evitar que la red semafórica sufriese el mínimo daño. De nada sirvió todo eso, su postura era firme y tendríamos que buscarnos otro sitio.

Seguimos con nuestros intentos cerca de otros Concejales y dos de ellos nos apuntaron la posibilidad de trasladar la quema de la Hoguera a la playa de Riazor. Aquello, de entrada, nos pareció no solo inviable sino también poco adecuado ya que una cosa era llenar la plaza de Portugal y otra muy distinta el arenal riazoreño. Por otra parte, existía otro inconveniente, la legislación de costas no permitía hacer fuego en las playas y en consecuencia se nos denegaría el permiso caso de solicitarlo.

En este sentido, los Concejales patrocinadores de la idea de trasladar la Hoguera a Riazor nos aseguraron que ese problema lo solventaría el propio Ayuntamiento y que por ese asunto podríamos estar tranquilos.

Comenzamos a hacernos a la idea de que el cambio era inminente con lo que ello conllevaba en sí mismo, pero no había otro remedio; pese a todo continuamos haciendo todo tipo de gestiones para tratar de que aquella decisión se revocase. Fue entonces cuando alguien nos dijo que el problema real no eran los daños del suelo ni de la red semafórica, que todo el quid de la cuestión venía provocado por una petición expresa de la dirección del Colegio de la Compañía de María al Concejal de referencia, cuyos hijos estudiaban en el citado centro escolar, ya que la quema de la Hoguera les “ahumaba la fachada”.

Sabido esto, quedamos plenamente convencidos que la decisión era irrevocable y por tanto que nos tendríamos que buscar la vida y cambiar la Hoguera de sitio.

Así lo hicimos y con mucho esfuerzo por nuestra parte y tras conseguir la valiosa colaboración de la familia Pereira, propietaria entonces del Playa Club, nos planteamos seriamente donde íbamos a plantar nuestra Hoguera aquel año de tantas efemérides en que por imperativo legal tuvimos que cambiar de ubicación a Noite da Queima.

Visto desde el prisma que nos ofrece el paso del tiempo, aquella medida fue del todo acertada contribuyendo a potenciar la noche de San Juan coruñesa ya que, desde esa fecha, a imitación de nosotros, fueron muchos los que comenzaron a quemar hogueras en los arenales de Riazor y Orzán ofreciendo el mágico espectáculo ígneo al que asistimos cada noche de 23 a 24 de junio.

Con relación al Concejal, en más de una ocasión se le escuchó arrogarse el mérito de haber sido el artífice o muñidor del traslado de la Hoguera a la playa; sin duda fue mérito suyo aunque lo que nunca ha contado ni creo que cuente es el motivo real que lo inclinó a tomar aquella decisión que, por cierto, a punto estuvo de hacernos abandonar la organización de la fiesta de las HOGUERAS.

Eugenio Fernández Barallobre.

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