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NUESTRO QUERIDO CAMPAMENTO

NUESTRO QUERIDO CAMPAMENTO

 

Pomposo nombre el que dimos, allá en los inicios de la década de los 60, a un pequeño espacio, entre altos matorrales, en el todavía no urbanizado camino hacia los Puentes, donde concurríamos muchas tardes de buen tiempo para hacer una puesta en común de las tribulaciones de nuestra pandilla infantil.

Era un pequeño espacio que quedaba solapado tras la vegetación y que nos permitía cierta intimidad, ajena a la mirada de curiosos, en nuestras largas deliberaciones vespertinas a la luz, casi siempre, de una pequeña hoguera que alumbraba nuestros rostros.

Supongo que “tomamos posesión” de aquel espacio hacia 1962 tras celebrar nuestra comunal primera noche de San Juan que sirvió como elemento cohesionador de toda la pandilla; aquella hoguera plantada la noche del 23 de junio de aquel año fue el mejor revulsivo para convertirnos en un auténtico grupo de amigos donde cualquier proyecto, por muy atrevido que pareciese, tenía cabida.

Evidentemente aguardábamos la llegada de mayo o incluso de junio para concurrir, muchos atardeceres, a este lugar que pronto se convirtió en una especie de “sancta sanctorum” particular. Con la llegada del buen tiempo, cuando ya las lluvias y los fríos invernales eran tan solo un recuerdo, peregrinábamos a este pequeño reducto justo al caer la tarde cuando la falta material de luz nos obligaba a dar por terminado nuestro interminable partido de fútbol comenzado al menos un par de horas antes.

Nuestro campamento, así gustábamos de llamarlo, era un pequeño espacio que frecuentábamos en tiempo vacacional o en aquellos fines de semana en que las obligaciones escolares nos permitían tener unas horas de asueto para poder disfrutarlas en unión de nuestros amigos.

Era un sitio cargado de magia y de una mística especial. Sentados en una especie de terraza que se extendía brevemente entre altos matorrales, hacíamos acopio de cualquier tipo de material que sirviese para plantar una pequeña hoguera y a su alrededor, con las llamas iluminando nuestros infantiles rostros, debatíamos sobre todo lo divino y humano.

Los siete u ocho habituales de nuestra pandilla de amigos concurríamos para hablar tanto de nuestros sueños amorosos, los que tenían como única protagonista a nuestra particular dama de capa azul y cuello duro blanco, como de nuestra próxima Hoguera de San Juan que, por un extraño motivo, siempre adivinábamos próxima.

Allí se fraguó muchas veces la ruptura de hostilidades con cualquiera de las pandillas de nuestras calles vecinas que solía desembocar en una “guerra” que, en la mayor parte de las ocasiones terminábamos perdiendo, no por falta de acometividad y arrojo si no por ser, casi siempre, menores en número.

Incluso trabajamos sobre grandes proyectos como fue aquel, que no llegó a buen puerto, de construir una especie de “carro de guerra” de madera con troneras, provisto de rodamientos y con un sistema muy peculiar de conducción, con el que poder atacar a las pandillas enemigas con menor riesgo para nosotros. Allí se presentaron sus planos aunque finalmente su construcción no fue viable.

El campamento fue, sin duda alguna, nuestro ágora particular donde cualquier debate tenía cabida. Todos opinábamos y al final, llegando o no a una conclusión, regresábamos a nuestras casas convencidos de haber aportado nuestro granito de arena para la mejor marcha de nuestra pandilla de amigos.

Allí, alrededor de aquel fuego entrañable y amigo se fraguó, por ejemplo, el gran cohete, que a poco más nos cuesta un serio disgusto, con el que mejorar nuestra puesta en escena sanjuanera. Durante días hablamos sobre el asunto convencidos de que si el primer experimento realizado a pequeña escala había generado grandes expectativas, uno de mucho mayor tamaño nos conduciría a la gloria como consumados pirotécnicos. Al final no fue así y gracias a la siempre permanente presencia del Santo Angel de la Guarda, mi Patrón, se evitó una desgracia en toda regla.

Es muy posible que fuese en nuestro campamento donde hablamos, por vez primera, de nuestro querido “Lepanto”, aquella gacetilla de la pandilla que vio la luz en dos o tres ocasiones y tan buen recuerdo dejó entre nosotros. Ciertamente “Lepanto” fue un proyecto otoñal para meses en los que las inclemencias meteorológicas nos impedían jugar en la calle; sin embargo, como todo buen proyecto debió nacer de nuestros debates de “altos vuelos” de la temporada estival y esos tenían siempre como escenario nuestro campamento.

Lo que sí es seguro que allí, a la luz de aquellos fuegos de campamento, se fraguaron muchas de nuestras noches de San Juan. Allí pasamos revista a lo realizado cada año, haciendo una especie de “juicio crítico” sobre cada una de las ediciones concluidas y pergeñando ideas y proyectos de cara a ediciones venideras.

Nuestro campamento duró lo que nuestra infancia, convirtiéndose en otro hito importante en nuestra socialización. Rodeados de altos matorrales, con las sombras de los vanos pétreos del dieciochesco acueducto como mágico telón de fondo, se presentaban ideas, proyectos, que luego se debatían y al final se votaban. Algunos cristalizaron en cosa positiva, otros se quedaron tan solo en eso, en proyectos.

Las niñas de la Compañía de María, nuestro eterno mantra por aquellos años del despertar a la juventud; el equipo de fútbol de nuestra calle que vestía, como no, con los colores de nuestro querido Deportivo; las grandes cuitas y preocupaciones trascendentales que nos traían de cabeza por aquellas calendas y, por supuesto, nuestra Hoguera de San Juan, fueron algunos de los temas debatidos con mayor asiduidad al calor de aquellos pequeños fuegos de campamento en nuestro sagrado recinto.

Un buen día, como hacíamos cada anochecer, regresamos a casa, pero esta vez fue para no retornar nunca más a nuestro campamento donde quedó una buena parte de nuestra inocencia. Habíamos crecido, habíamos dejado de ser niños, y ello nos obligó a buscar otros espacios donde poder contar a la dama de nuestros sueños aquellos secretos tan celosamente guardados o simplemente reunir a nuestra pandilla de amigos para pergeñar la siguiente noche de San Juan.

Hoy, nuestro campamento es solo un recuerdo. La zona se ha urbanizado y nada queda de aquel bucólico espacio que tantas veces nos hizo soñar en nuestra infancia, sueños de gloria que en algunos casos se hicieron realidad. Nuestro campamento ya no está, pero de él nos queda un recuerdo imborrable ligado a nuestra inolvidable y maravillosa infancia.

José Eugenio Fernández Barallobre.

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